19 de julio de 2011

CONCENTRACIÓN PARCELARIA

En la aldea de mi padre, vivió un hombre que no tenía nada. Ni maldad, ni oficio, ni familia. Dormía en una casa pequeña que había dejado un emigrado, apartada del pueblo. Había tenido una taberna.

Cuando mi abuelo estaba ya viejo, pasaba las tardes hablando con él en el portal de la casa familiar. Tenía mucha curiosidad por leer, y solía dedicar horas a examinar periódicos viejos o cualquier cosa que pudiese conseguir. Más de una vez se quedó dormido en los carreiros y corredoiras y más de una le pisó los pies alguna vaca.

Los vecinos le tenían bastante aprecio. De hecho, cuando la matanza, le regalaban tanta carne que la mayoría terminaba por pudrírsele. Mi abuela intentó enseñarle a salarla y le hizo un cajón de madera para ello.

Un invierno se le echó en falta por la aldea, y cuando fueron los vecinos a mirar a su casa, efectivamente, había muerto.

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